La nostalgia generacional ha perdido empaque porque ahora todos miramos constantemente hacia atrás, excepto en el campo de la Inteligencia Artificial, donde buscamos desesperadamente estar un paso por delante. Pasa en la moda, con el regreso de las tendencias de otras décadas, con la música y los ya no tan valiosos vinilos – a la generación Z ahora le fascina el Ipod– y también y sobre todo en la pantalla, gracias a las plataformas de streaming.
Porque en la era de Netflix y con el negocio de los ‘remakes’ en auge ¿tiene sentido hablar de contenido como si perteneciese a una u otra generación? Si bien es cierto que hay series que en su momento de emisión marcaron un antes y un después por su guion e innovación técnica y que algunas historias envejecen mejor que otras, hoy un adolescente puede ser tan fan de Los vigilantes de la playa como lo fue su padre en 1989; y un niño nacido después del 2010 puede disfrutar de La Casa de la Pradera de la misma forma en que lo hizo su abuelo.
No es que falte contenido, sino que el valor añadido del de antaño es mejor
Todo por las plataformas. Y no es que falte contenido, sino que el valor añadido del de antaño es mejor. Sobre todo en el terreno infantil. Al fin y al cabo, las series que uno ve cuando es pequeño marcan en cierta manera su brújula moral. Y es precisamente por ese motivo que en la era de la saturación visual y el exceso de estímulos poder escoger qué se consume es tan valioso.
La decisión no hay que dejarla al azar y en el caso de los niños todavía menos. Para esas tardes de agosto en calma, cuando los ojos pesan, la cama nos llama y ellos se reúnen ante la pantalla, tal vez conviene hacer un esfuerzo e introducirles historias como las de Érase una vez...el cuerpo humano (Netflix), Dinosaurios (Disney+) o, por cambiar de época y estilo, Oliver y Benji (Disney+).
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