La undécima edición de La isla de las tentacione s (Telecinco) mantiene sus principios de jugar con la tentación, en este caso inducida, de la infidelidad. Me consta que entre espectadoras radicalmente feministas el programa se sigue con una voracidad analítica y una sororidad perpleja, que juega a detectar todos los tópicos y aberraciones heteropatriarcales del formato. Esta mirada crítica, sin embargo, no debe ser mayoritaria y prevalecen evidencias como la sumisión a los patrones de belleza y unos códigos de relación que alternan una supuesta modernidad –los concursantes tienen la libertad de decidir– y vínculos emocionales y sexuales abiertamente medievales. Los rituales del programa
–la tableta, la hoguera, los jacuzzis, la alarma que suena con la potencia de una alarma de cataclismo nuclear– perpetúan una narrativa que incluye figuras como los Tentadores y Tentadoras. Unas figuras que, en el paisaje laboral de la España actual, se acercan al universo, igualmente inescrutable, de OnlyFans.
Resistir la tentación
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