Oakley logra que la película alcance los niveles de emoción y suspense que requiere la novela apoyándose fuertemente en el trabajo de sus actrices
Universal Pictures Leer en la aplicación Resulta que mañana me caso y tengo un montón de cosas que solucionar de aquí a que llegue el momento. Así que no me voy a liar con listas interminables, pero no podía dejar pasar la oportunidad de sentarme ante la cámara para analizar la nueva versión cinematográfica de Sentido y sensibilidad.
Esta nueva película viene adaptada, escrita y dirigida por una cineasta a la que confiado reconozco que no conocía de nada: Georgia Oakley. Investigando sobre ella, Oakley nació en 1986 en Washington, Hampshire, en pleno Reino Unido. Para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de geografía, la deducción resulta evidente: ¿qué mejor que una creadora británica para llevar al cine a Jane Austen, una de las autoras más adaptadas de la historia de la literatura?.
Si no habéis leído las novelas de Jane Austen, os estáis perdiendo una auténtica maravilla. Poseen una literatura de trazo balzaquiano, prodigiosamente bien escrita y extremadamente sencilla de leer. Sus textos, centrados en el universo femenino bajo un prisma romántico, dramático o melodramático, resultan profundamente emocionantes. Por lo general, el cine ha sabido adaptar muy bien sus obras, pero esta nueva entrega me sirve de excusa para lanzar una reivindicación muy clara.
La directora Georgia Oakley cuenta únicamente en su haber con un largometraje previo de 2022 titulado Blue Jean, el cual no he tenido oportunidad de ver. Por tanto, mi valoración se centra exclusivamente en esta nueva versión de Sentido y sensibilidad.
Una versión con un marcado estilo artístico y un nivel interpretativo notable
Lo primero que cabe señalar es que se trata de una propuesta marcadamente más arty que la firma de Ang Lee. ¿Qué significa exactamente que sea más arty? Significa que estamos ante una película visualmente deslumbrante donde se aplica la máxima en cada fotograma. Cada plano está minuciosamente medido en su composición, iluminación y paleta cromática para ofrecer imágenes de un refinamiento casi pictórico. Estéticamente es una obra que colma el ojo del espectador y toma decisiones formales muy interesantes, aunque no alcance las cotas que lograba Andrea Arnold cuando adaptó Cumbres borrascosas.
Oakley logra que la película alcance los niveles de emoción y suspense que requiere la novela apoyándose fuertemente en el trabajo de sus actrices. No aporta nada verdaderamente nuevo para quien ya conozca el texto original de Austen, pero ofrece una revisitación dotada de un marcado estilo artístico y un nivel interpretativo notable.
Dentro del metraje existe un momento particularmente significativo. No se trata de un destripe o spoiler si ya habéis leído el libro o visto otras adaptaciones: se trata de la escena clave en la que el personaje encarnado por George MacKay le abre su corazón y se confiesa al personaje interpretado por Daisy Edgar-Jones.
En ese instante de máxima tensión romántica, íntima y dramática, la directora toma una decisión de puesta en escena bellísima. En lugar de enfocar a George MacKay mientras pronuncia su discurso, Oakley decide mantener la cámara fijada en un primer plano de Daisy Edgar-Jones. A través de la interpretación de ella, asistimos a todas las reacciones emocionales que le provocan las palabras de él. No estamos ante un recurso técnico híper complejo de ejecutar, pero se trata de un gesto de dirección de una elegancia e inteligencia brutales que multiplica el valor dramático de la escena. Si estuviera en el plató mostrándoos la secuencia, os diría: ¿qué es el cine? Eso es el cine.
A nivel personal, debo confesar que me lo he pasado muy bien viéndola y que he derramado mis buenas lágrimas en la sala. Reivindico el valor de llorar en el cine. A mí en la vida real me cuesta horrores llorar. Hay veces en las que me gustaría hacerlo y me me quedo bloqueado pensando "qué estúpido eres". En el cine, sin embargo, parece que tengo el botón activado porque soy una persona profundamente sensible. Al fin y al cabo, si no fuera sensible, ¿cómo podría ser crítico de cine?. Ahí es donde distingues a los críticos apasionados de aquellos que no sienten nada y a los que luego no les gusta ninguna película.




