Todos venimos de la guerra. Todos. No lo sabemos porque en casa no se hablaba de eso. Yo soy nieto de un labrador que acabó en sargento de artillería en un bando, y sobrino de un oficinista que acabó en carabinero en el otro bando después de resultar herido de bala en la batalla del Ebro y de escabullirse para no volver.
Todo esto yo lo he sabido porque me he preocupado en investigarlo, no porque ellos contasen nada. Si mi madre sabía algo de su padre, callaba; si mi padre sabía algo de su hermano, callaba.
Todos venimos de la guerra. Esta programa indaga cómo la guerra marcó la vida de los abuelos de un famoso
A mí me ha tocado saber. Y lo que yo he dilucidado en casa –para entender cómo la guerra desbarató las familias de mis padres y cómo eso me trajo a mí al mundo–, lo que yo he hecho, decía, es lo que hace el programa ¡Cuánta guerra! (La 1), que se estrenó el viernes noche. Es la versión para TVE de un programa que ya vimos en TV3, Quanta guerra! , con Eloi Vila, trabajo del que en su día escribí elogiosamente aquí.
El mismo elogio se merece hoy ¡Cuánta guerra !, que elije en cada emisión a una persona popular y le desvela algún misterio familiar, la peripecia durante la guerra de un abuelo o tío abuelo. Son peripecias que el famoso desconocía, porque el silencio ha sido la tónica en casi todas las familias de España, por miedo o por vergüenza, o por prudencia para evitar a los hijos heredar traumas y enconos cainitas.
Pero resulta que necesitamos saber y que lo que se ocultó a los hijos lo acabamos reclamando los nietos. Y, así, hemos visto emocionarse al periodista Juan Carlos Rivero (episodio 1) y al actor Iván Massagué (episodio 2), al descubrir lo que les pasó a sus abuelos.
En el caso de Rivero, ha descubierto incluso a unos primos de los que no tenía noticia, y ha acabado ante la fosa común de su tío abuelo. Iván Massagué ha sabido de un abuelo emboscado (para no ser enviado al frente) y de otro alistado en el bando republicano contra su voluntad (donde procuró ayudar a los que querían evitar luchar). Dos espíritus muy poco combativos, en este caso, valiosa representación de la tercera España, la que se desvivía por ni morir ni matar, y que en estos dos casos acabaron bien.
Reivindico personalmente el coraje del desertor, del que se expone a perder la vida sin matar... por no exponerse a perderla matando. Iván Massagué debería sentirse muy orgulloso de sus dos abuelos. – @amelanovela
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