Bertín Osborne ha sido uno de los principales protagonistas de la actualidad del corazón español en los últimos años. La conocida paternidad del cantante y presentador con la paraguaya Gabriela Guillén generó multitud de reacciones a través de los medios de comunicación, varias de ellas criticándole por su distanciamiento de la madre. Desde entonces, el madrileño ha seguido adelante con su vida, visitando este miércoles el plató de El Hormiguero.
El programa nocturno de Antena 3, presentado por Pablo Motos, le ha recibido por primera vez desde el arranque de la pasada temporada. Su intervención ha venido acompañada de una extensa entrevista, repasando los últimos años de su vida y sus próximos proyectos. A nivel personal, sigue lidiando con algunos problemas respiratorios derivados del covid, tal y como adelantó a la revista Vanitatis: “Estoy resignado, qué le voy a hacer. Lo que quiero es librarme de esto de una vez por todas, porque es un horror”.
Por fortuna, el madrileño no pierde su ritmo, a pesar de que solo domina un estilo de baile: “Yo bailo fatal, excepto clásico. Yo sé muy bien hacer ballet. A mí me daba clases mi hermano Giorgio Aresu, productor y coreógrafo. Me da daba clases. Hay que ponerse en posición de recibo para que yo me tire, si hago de mujer, y tú me tienes que coger. Yo ahora estoy en 99 kilos. Mejor que hagas de mujer tú porque no me vas a coger y yo sí puedo contigo”. Acto seguido, dedicó a Motos y al público presente una demostración.

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En cuanto a su trayectoria, el intérprete desveló una faceta poco conocida de su carrera: actuó en varias telenovelas. “Cine nunca he hecho, no. Pero sí telenovelas. No sabes lo que era aquello. En México hice tres. La primera dije que me mataran porque llevaba ya tres meses. Le dije al director, 'Mátame, que yo me tengo que volver ya a mi casa'. Y me mataron en un coche, me despeñé. Y la siguiente escena después del despeñamiento era yo en la cama de un hospital con tubos por todos lados”, desveló, dejando al descubierto que tampoco era de leer guiones.
Sin repaso previo

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“Recuerdo que al día siguiente una señora me paró por la calle muy alegre porque estaba vivo. '¡Señora, que es mentira!', le dije. Se llamaba Amor de nadie (…) Había un apuntador que me iba diciendo. Te ponían pinganillo, llevabas un cable gordo por toda la espalda y una petaca. Y luego otra petaca con la del micrófono, que estaba escondido. No te podías casi mover. Si te movías rápido, se despegaba. El apuntador decía el guion de todo el mundo. Se escuchaba todo y era un lío. El primer capítulo, me aprendí el guion y era muy gordo”, insistió.
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